Amleto Battisti y Lora: el rey del juego
en La Habana
Alto,
delgado, esbelto, de una elegancia elaborada a
fuerza de sobriedad, con sólo una desnuda
sortija en sus dedos, jamás un alfiler
en la corbata, ni siquiera un reloj en la muñeca,
Amleto Battisti, pausado en su parla, afiladamente
atento siempre a su interlocutor, con su brillante
calva en cuarto creciente, parece un joven ministro
francés de Negocios Extranjeros o un atildado
profesor conferencista —a lo Bergson—
dilecto de auditorios femeninos. La imagen sugerente
de su figura podría multiplicarse hacia
atmósferas de cortesía, diplomacia,
salones selectos, cenáculos artísticos,
refinamiento, en fin. Pero donde la imaginación
comparativa fracasa es en el intento de asociar
de algún modo la figura del hombre a su
actividad específica. Quiero decir, en
suma, que Amleto Battisti, parece físicamente
todo, menos lo que es: un hombre de negocios.
Ni por la silueta, de dibujo galo, ni por la atención
con que escucha, ni por la imperturbable serenidad,
ni por el gesto mínimo, ni por la voz en
permanente sordina, puede sugerir a nadie que
su mente es mente de números, de posibilidades
y riegos, de pérdidas y ganancias.
Lucky Luciano: nuestro hombre en La Habana
Lucky
Luciano, natural de Sicilia, entre 1930 y 1931
—después de la muerte de Joe the
Boss Masseria y
Maranzano— se dio a la tarea de reorganizar
a la vieja mafia radicada en los Estados Unidos;
más de cien bandas de diversos orígenes
quedaron refundidas en veinticuatro grandes grupos
que conformaron la mafia norteamericana
actual. Asimismo venía utilizando a Cuba
como punto intermedio entre las fuentes abastecedoras
de la heroína y los mercados consumidores
de Norteamérica. Y el representante en
La Habana de estos canales era el corso Amleto
Battisti y Lora.
Al concluir la II Guerra Mundial, como parte de
los compromisos contraídos, el gobierno
norteamericano procedió a liberar a Lucky
Luciano de su condena, en reconocimiento a los
servicios prestados a la democracia norteamericana;
pero Luciano aspiraba a radicarse otra vez en
New York, para seguir dirigiendo sus negocios;
mas todo hace presumir que otros intereses mafiosos,
encabezados por don Vito Genovese —quien
ambicionaba convertirse en el nuevo jefe de la
mafia estadounidense—, empezaron a mover
relaciones secretas para que Luciano fuera deportado
a la vieja Sicilia y no pudiera regresar jamás.
Meyer Lansky: el embajador de la mafia en Cuba
El
más importante de todos los mafiosos en
Cuba fue el segundo jefe de la mafia norteamericana,
Meyer Lansky,
creador y jefe del Imperio de La Habana. Hebreo,
nacido en Grozno, sur de la antigua Rusia zarista
—en esa época
territorio polaco—, y llevado por sus padres
a Estados Unidos en 1911. Luego Lansky acortaría
su apellido —Maier
Suchowijansky— para ostentar uno más
norteamericanizado. De Lansky se dice que era
una inteligencia práctica, ingenioso, persuasivo,
que prefería actuar en la sombra. Gran
amigo de Lucky Luciano desde los días de
la infancia;
estudiaron en la misma escuela, y cuando apenas
eran unos adolescentes, se organizaron en el mundo
delictivo de New York. Los acuerdos subscriptos
por la mafia norteamericana y el coronel Batista,
a finales de 1933, serían rememorados de
la siguiente manera: Lansky viajó a La
Habana para encontrarse [...] [...] con el hombre
fuerte de Cuba [...] y regresó con los
derechos del juego [...] incluyendo el control
del casino que ya funcionaba en el Hotel Nacional
[...]. Otras fueron las empresas legales [...].
Cuando Lansky y yo empezamos a hablar de comprar
propiedades, algunos nos miraron como si estuviéramos
chiflados [...]. Algunos no podían ver
más allá de un plato de espaguetis
[...].
Santo Trafficante: el rector de los negocios
de los capos
El
siciliano Santo Trafficante —padre e hijo,
organizadores del juego en el sur de Estados Unidos—,
contaban con una larga experiencia. Era el segundo
jefe del Imperio de La Habana, cabeza visible
en los negocios de la mafia
norteamericana en Cuba, con su cuartel operacional
en el afamado cabaret Sans Souci, de la avenida
51. Trafficante era, desde la década del
treinta, el encargado de los canales de la cocaína,
de la ciudad de Medellín, en Colombia,
hacia la encantadora Habana, treinta años
antes de que esa droga se popularizara en Estados
Unidos. Para estas operaciones llegaron a fundar
compañías aéreas que operaban
desde los aeropuertos militares, con equipos y
técnicos de la fuerza aérea cubana,
y con el consentimiento y el apoyo de los grupos
políticos de la época. Asimismo,
controlaba la red de los fabulosos casinos en
La Habana, la prostitución «instruida»;
pero sobre todo el lucrativo negocio de la cocaína.
Don Amadeo Barletta:
el espía encubierto
La
familia del calabrés don Amadeo Barletta
Barletta constituyó la más grande
piramidación en los negocios
delicuenciales de que se tienen noticias. Aparece
en La Habana a finales de la década del
veinte, como el
representante de los intereses económicos
de la familia Mussolini en América; pero
todo se fue complicando, hasta
revelarse como un doble agente de la inteligencia,
tanto italiana como norteamericana, sembrado en
el área del Caribe. Perseguido en 1942
por el Buró Federal de Investigaciones
—el FBI lo incluyó en la lista negra
del 7 de febrero de 1942— logró escapar
hacia Sur América gracias a sus múltiples
contactos —avisado por los grupos de la
inteligencia-mafia instalados en La Habana, escapó
de la Isla y fue a refugiarse secretamente a la
Argentina—, pero ya en 1946, al término
de la II Guerra Mundial, aparece de nuevo en la
capital cubana, ahora como representante de grandes
compañías norteamericanas, entre
ellas la General Motor, hasta crear, en unos pocos
años, un prodigioso imperio que comprendía
casinos, afamados cabarets, bancos, y decenas
de compañías tapaderas, en las más
diversas ramas de la economía y las finanzas.
Abrió el canal dos de la televisión
cubana, controló emisoras de radio y el
periódico El Mundo.
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